A la orden del señor tiempo

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Por: Walter Fernando Fernández Párraga-Estudiante

Un viernes por la mañana como en cualquier otro mercado dentro de la urbe mantense, el sonido de la gente interactuando resulta estrepitoso para cualquiera que entre al mercado Los Esteros.

Los pasillos de este lugar lucen abarrotados de personas que se abren paso entre siluetas, buscando entre los estantes productos para preparar sus platos predilectos.

Clientes los hay de todo tipo, jóvenes, ancianos y mujeres, estos frecuentan el lugar desde temprano en la mañana y salen por la gran puerta con las fundas llenas de verduras, algunos compran carne y pescado en el primer piso para surtir su refrigerador y para satisfacer sus placeres culinarios el resto de la semana.

Otros en cambio intentan probar suerte con el poco dinero que llevan para comprar lo del día, en su intento desesperado por poder regresar a casa sin que falte lo necesario, algunos intentan regatear.

Dimas Delgado conoce muy bien este ambiente, él es un hombre de 58 años que trabaja en el nuevo mercado Los Esteros desde que fue inaugurado.

Dimas cuenta de que antes de que el mercado sea reconstruido en el año 2017, tenía un puesto en el mercado antiguo, él describe aquel lugar como un espacio al aire libre que fue construido al descubierto sin paredes, pero con un gran techado que cubría su cabeza y lo resguardaba del fuerte sol.

La nostalgia invade sus ojos al recordar su antiguo puesto de verduras.  El caos no se sentía ni se percibía como ahora dentro de estas cuatro paredes, asegura Dimas mirando hacia algún punto vacío a lo lejos.

El calor del sol de las 10 del día penetra por las paredes del mercado, se siente como una corriente de aire caliente recorre y asfixia a los adultos que como Dimas, sufren de tensión arterial alta.

Él refresca su cabeza con un poco de menticol mientras no pierde de vista a los clientes que se acercan hacia su cubículo, pues aunque ya tiene su clientela fiel, sabe que a veces llega uno que otro incauto al que sus vecinos vendedores le quieren vender gato por liebre.

Desde el primer piso donde venden carnes y mariscos hasta el segundo donde él tiene su puesto, todos los días sube las escaleras de hormigón.

El ruido de la gente es un poco estresante y molesto, pero Dimas ha aprendido a controlarlo muy bien en todos estos años en los que ha estado vendiendo.

Dimas cuenta que desde que se levanta de su cama antes de salir de casa para tomarse el primer traguito de café, a las cinco de la madrugada su día comienza. Él no oye a los gallos cantar, sino más bien el ruidoso sonido de su celular, que previamente configura para que suene a la misma hora todos los días.

Se levanta muy temprano para comprar las verduras y hortalizas en el mercado El Madrugador, el cual acoge a decenas de mayoristas y minoristas que comercializan diversas frutas y verduras. Este está ubicado a solo unas cuantas cuadras de su casa y del mercado Los Esteros, lugar hasta donde se va solo.

Cuenta que no le teme a la oscuridad de la madrugada, y que el frío es su compañero al igual que la soledad, y asevera se lleva muy bien con ambos.

Confiesa ser una persona bastante católica, pues sus padres le enseñaron desde muy chico esta religión. Cada madrugada antes de que el sol tiña de amarillo la bella creación del todopoderoso, se encomienda a él con la esperanza de que lo deje seguir viviendo -largo y tendido- agrega con una sonrisa en su rostro.

Mientras sacude el polvo de unas papas arrinconadas, y acomoda otras verduras se pregunta hasta cuando su papá Dios -como él le llama- le brindará la fuerza necesaria para continuar vendiendo sus productos.

Él es un solitario testigo como el tiempo y el paso inexorable de este, le van arrebatando las amistades y familiares. Perdió a su esposa hace 7 años, y sus hijos se encuentran en el extranjero, asegura que aunque fue un buen padre para sus tres retoños, después de la muerte de su esposa Ninfa, ninguno de ellos lo visita.

Dimas atiende un promedio de 50 personas en la mañana, él se siente solo, cree que la vida le ha dado una prueba difícil, y que ya no tiene edad para salir bien librado de esta.

Comenta que su día en el mercado es bastante aburrida y monótona pues cae en la rutina de levantarse y dormir temprano todos los días.

Ver los mismos rostros de siempre comprando sus verduras y oír las mismas voces de las personas a su alrededor, tratando de seducir al consumidor para que se acerque hasta su puesto le parece algo bastante insípido.

Afirma que este mercado es uno de los centros de abasto más grande y mejor equipados la región y que por eso su construcción fue  “más lenta que tortuga con reumatismo”,satiriza-.

Dimas estuvo desde junio del 2016 sin poder vender en su antiguo espacio, y en todo este tiempo tuvo que desenvolverse en otras actividades, pero no sin antes intentar vender sus productos en la puerta de su casa, cosa que le fue bastante mal, aseguró.

“Al perro macho, una sola vez lo capan”, sentencia;  por eso mejor cambió de oficio mientras se terminaba la construcción del nuevo mercado, donde por casualidades de la vida tenía su espacio de ventas asegurado.

Menciona que cada vez que pensaba en la fecha de inauguración, una sensación de felicidad de recorría el alma, pues las expectativas del resultado de la obra eran muy altas para él junto a sus compañeros y amigos.

Sus expectativas no fueron del todo cumplidas, en especial la de cuánto dinero iba a poder vender diariamente debido a la afluencia de personas que tenían previsto recibir.

Lo que puede rescatar de sus mañanas y tardes dentro del mercado es que hay veces en las que personajes pintorescos o de personalidad estrafalaria llegan y se topan con la piedra en su zapato.

Es normal, mejor dicho, es común -corrige- que siempre existan este tipo de inconvenientes en lugares donde la venta y la compra de productos esté de por medio, el dinero saca lo peor del hombre -sentencia-, y la gente lo sabe.

Dicho esto, decidió desempolvar un par de anécdotas del estante de sus recuerdos para contarlas y matar el tiempo hasta que un nuevo cliente aparezca frente a su puesto.

Recuerda una mañana del 11 de noviembre del año 2017, apenas tenía una semana de inaugurado el nuevo mercado Los Esteros, y en su primer mañana como vendedor un pequeño inconveniente con una nueva compañera suscitó sin que pueda hacer nada para remediarlo.

Dimas asegura que la pérdida de un teléfono celular le fue adjudicada a él. Dimas sostiene que es una persona honrada y correctamente educada, y aunque su aspecto a veces puede parecer como si no tuviera hogar, -porque así le gusta vestir- no tiene tomaría algo que no es suyo nunca.

Su antigua vecina de Pabellón aseguraba que había dejado su teléfono sobre la vitrina donde vendía productos de tienda. Dimas por su parte simplemente estaba sentado allí a la espera de que los clientes que habían entrado por la parte de abajo recorran hasta arriba y lleguen hasta su cubículo.

Al momento de que el teléfono se perdió, él sólo se encontraba sentado esperando, la mujer salió con dirección hacia los nuevos baños y de repente regresó corriendo alarmada por la aparente ausencia de su celular.

-Se me robaron el teléfono- aseguraba con un tono de voz muy alto, lo cual alarmó a unos cuantos compradores que acababan de subir y a sus nuevos compañeros de trabajo.

Ella al acercarse a su espacio enseguida miró la barba abandonada de Dimas y su aparente facha o vestimenta, y dejándose llevar por los prejuicios pensó que esa era una clara muestra de qué él había sido el ladrón.

Enseguida lo acusó y la gente de mercado empezó a abuchearlo y tratarlo mal. Dimas no podía creer que en el primer día de trabajo de un hombre honrado, sus nuevos compañeros de trabajo le hayan hecho pasar un triste y vergonzoso momento.

Seguido a esto, el hijo joven de la vecina vendedora subió rápidamente cuando escuchó el tumulto y la voz de la gente, sorpresivamente tenía el teléfono de la señora en la mano pues estaba viendo el video de una caricatura, él había bajado por las escaleras eléctricas hacia la parte de mariscos por pura curiosidad y se había llevado el teléfono de su madre que en realidad si había dejado sobre la vitrina.

Los más valientes pidieron disculpas a Dimas, la señora por su parte con un rostro enrojecido como un tomate simplemente tomó el teléfono y regañó al niño por su ociosidad, sin siquiera disculparse de ser la promotora de los insultos y abucheos que recibió el comerciante.

Después de esta penosa e incómoda escena, Dimas confiesa que la relación con sus compañeros de trabajo es buena pese a lo que ocurrió en el pasado. El maduramente asegura que cualquiera le puede haber pasado eso y que él también puede dejarse llevar por el abucheo de un grupo de personas hacia alguien más, cayendo así en el pecado de ser uno más del montón.

La gente empieza a frecuentar el lugar, en un abrir y cerrar de ojos ya hay más de tres clientes que se acercaron a su lugar de trabajo a comprar.

Dimas atiende honradamente a sus clientes, quienes legan muy seguido uno tras el otro y apenas le han dado tiempo de tomar aire. Después de que estos se retiran del lugar toma un poco de agua y vuelve a refrescar su cabeza con el producto milagroso.

Mira el reloj de su muñeca y nota que está sin baterías, saca su teléfono celular y observa la hora, constatando que ya es medio día. El día de hoy su cita en el hospital del IESS es a las tres de la tarde, eso la hace retirarse más temprano de su trabajo.

En su casa nadie lo espera, solo su fiel lora que compró para su esposa, pero que después de su muerte ha criado y cuidado como si fuera un hijo más de esos que se fueron y no volvieron.

En todo caso, cubre el restante de sus productos con una lona plástica, amarra con tiras de su antigua maca y pone a buen recaudo su mercadería, el día de mañana será mejor venta aventura diciendo.

Así culmina un día en su oficio como vendedor de verduras, pocos clientes y una curiosa anécdota son el resultado, pero esto no lo desmotiva.

Gracias por tus comentarios

Carlos Cedeño Moreira

Director LatinoDeportes.Net

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