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La vida al hombro y la esperanza al fondo

Por Kahory Ostaiza

El reloj marca mediodía y desde ya se logra divisar a lo lejos de una angosta calle de la ciudad de Cali una moto negra que brilla bajo el abrasador sol. Su conductor, Marco Giraldo un hombre de estatura promedia que utiliza unos pantalones de mezclilla y una camiseta polo color azul, cubre sus brazos con unas mangas de la misma tonalidad para protegerse en la incandescente tarde.

Se quita el casco emitiendo una dulce y gran sonrisa, dejando ver las perlas de su boca al momento de saludar, choca el puño advirtiendo que es la mejor manera de cumplimentar en tiempos de pandemia. Carga en sus manos unas bolsas de comida mientras sube las escaleras hacia su casa.

-¡Ya llegué! – exclama Marco, dejando sobre la mesa la comida.

A lo lejos se escuchan unos pequeños y acelerados pasos, es su perrita Teresa que se ha acercado a recibirlo energéticamente mientras mueve la cola.

Acto seguido se abre la puerta de una habitación, es su hija menor (Mariana) que ha salido a tomar el almuerzo que le trae su padre. Marco tiene una familia conformada por su esposa y tres hijos, sumado de una mascota que asegura, alegra sus días.

Tomando asiento en su sofá azabache ubicado en la sala de la acogedora casa empieza a contar como era su vida antes de la pandemia, para iniciar recordó que, a esa hora nunca estaba en casa. Trabajaba fuera de la ciudad desde muy temprano y a veces con horarios dobles, pero a la hora del almuerzo nunca estaba en casa con su familia.

Años atrás, en el mes de julio de 2016 la vida parecía sonreírle con un trabajo que aunque sería pesado y lejos del hogar ayudaba a sustentar a su familia. “El caleño es muy trabajador y perseverante, no le pone peros a nada”, afirma con certeza mientras se quita las mangas que lo protegen del astro rey.

Tras capacitaciones en la capital colombiana (Bogotá) y una serie de pruebas consiguió el empleo en el área de seguridad del aeropuerto que está ubicado en Palmira pero cumple sus funciones para Cali.

“Viajaba diariamente en mi moto para desempeñar el rol de agente de control con la aerolínea Avianca”, refirió llevando su mirada hacia un pequeño avión que adorna la repisa de la sala.

Su trabajo consistía en cubrir vuelos de Miami, Nueva York, Guayaquil y Lima, a lo largo del mismo cambió de empresa dos veces “Avianca trabaja en conjunto con otras agencias, por eso estuve en dos diferentes, pero seguía siendo para la misma aerolínea”, puntualiza cruzando una de sus piernas.

“Mi trabajo culminaba a las diez u once de la noche, a esa hora recién retornaba a mi ciudad”, murmura mirando al reloj que cuelga en la pared.

Recuerda que en una ocasión sufrió un accidente de regreso a casa, eran altas horas de la noche y un perro se atravesó en la oscura vía. Las consecuencias no pasaron a mayores, pero fue un accidente que le dejó varias lesiones y daños materiales en su vehículo.

El 2020 trajo consigo más de un problema para esta aerolínea, desde el 2017 se había llevado a cabo una “huelga de pilotos” que precisamente en ese año con la llegada del Covid-19 detonó, fue así como en septiembre de ese mismo año la Corte Suprema de Justicia condenó a Avianca a pagar $500 millones a la Asociación Colombiana de Aviadores Civiles por perjuicios causados en conductas antisindicales.

“La empresa perdió muchos vuelos y sus ganancias decayeron, la estabilidad se vino abajo y a raíz de eso empezaron a desmejorar el sueldo. Con el Covid todo empeoró porque los vuelos empezaron a suspenderse”, concreta haciendo un gesto de descontento.

Giraldo asegura que al llegar marzo los aviones quedaron parqueados sin cumplir vuelos y de ese mismo modo quedaron sus trabajadores. Todo era inestable, como ola de desgracia cuyo fin fue la falta de trabajo.

“Me adelantaron las vacaciones, la empresa ya no sabía qué hacer con nosotros así que optó por un despido masivo”, concreta emitiendo un suspiro al mismo tiempo que levanta sus hombros.

El mundo entero se paralizó como si de un cuento se tratase, el covid era algo que parecía incierto, irreal, difícil de creer. La desesperación, el miedo y la incertidumbre, el cambiar el estilo de vida y pensar en: ¿Cómo de repente todo cambió? ¿De qué viviré ahora?”, eran las preguntas más constantes.

Giraldo es uno de los miles de ciudadanos que perdieron su empleo con la llegada del coronavirus. La ONU informó que en la primera mitad del 2020 se perdieron alrededor de 400 millones de empleados que trabajaban a tiempo completo.

Aprender a vivir con este virus que asecha como pantera entre la maleza, fue la reacción a la desesperanza y así empezaron a generarse nuevos medios de empleo.

El temor de salir de casa y ser atacado por ese enemigo silencioso fue la principal causa de las ventas a domicilio, acompañado de la necesidad de generar ingresos.

“Gracias a Dios tengo mi moto y con las aplicaciones de domicilios decidí empezar a trabajar hasta que algo más surja, llevo un año trabajando de este modo, pero sé que en algún momento me llegará la estabilidad de un trabajo formal otra vez”, asevera indicando que no pierde las esperanzas y que días mejores esperan a la vuelta de la esquina.

Cual guerrero coloca en sus brazos y cabeza la armadura que necesita para salir a desempeñar su actual labor, se pone de pie emitiendo un fuerte suspiro. Desde el balcón de la casa uno de sus hijos acompañado de la mascota lo despiden y observan a la distancia como su silueta se desvanece.

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