El Trayecto

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Por: Maykelin Zambrano.

Gema Miranda tutora de la misión “Mis mejores años” del Ministerio de inclusión económica y social (MIES), nos relata, en una noche fría y oscura, cómo es el transcurso del camino para llegar a la parroquia donde labora actualmente.

Miranda vive en la parte inferior de una casa de dos pisos, situada en la comunidad “El desvío”, de la parroquia Pichincha, del cantón con el mismo nombre, en la provincia de Manabí; la comunidad tiene una población de aproximadamente 500 personas. Donde ella nos recibe muy alegremente para dotarnos de su experiencia de viaje hacia sus labores.

Cada fin de semana al llegar el domingo Gema se desprende de la gente que la vio crecer, para viajar hasta la parroquia Barraganete, también perteneciente al cantón Pichincha. Una isla conformada por 63 comunidades, una más alejada que la otra. No cuenta con todos los servicios básicos. Y para llegar hasta ella se necesita más que un vehículo.

Sentada en la sala de su casa, con una amplia mirada hacia la carretera principal, Gema comienza a narrar su travesía, y se traslada a los recuerdos de una mañana fría; cuando se despierta escuchando unos pasos lejanos; en el suelo de madera del segundo piso, suenan los pasos de su tía Monserrate, que está en un vaivén preparando el desayuno.

“Cada domingo me levanto pensando en todo lo que guardaré en las maletas, cosas necesarias e importantes para toda una semana, camino de un lado a otro, con mi madre Carmen, guardando ropa, alimentos, cosas de uso personal, la laptop y documentos, y preguntándonos si estará todo lo necesario”, alude Gema.

Cuando se hacen las 14h00 y el clima está más cálido, Gema llevando todo su equipaje, cruza la calle que pasa al frente de su casa, para tomar el bus con destino a Quevedo. Mientras sus familiares la contemplan desde el otro lado, ella espera pacientemente para iniciar su aventura, nuevamente.

A los cinco minutos pasa el bus, Gema extiende su brazo y hace una señal de “pare”, este se detiene y ella sube, se dirige por el pasillo del autobús hasta los asientos intermedios, se sienta y conecta los auriculares en el teléfono, se lleva uno hasta la oreja derecha, empieza a sonar la música y Gema cierra los ojos.

“Son cuarenta minutos desde mi casa hasta la entrada de la represa, lugar donde me deja el bus, ya tengo el tiempo calculado, y sé exactamente cuándo debo bajar. Durante todo ese tiempo suelo escuchar música y observar por la ventana, ese ejercicio mental me relaja”, refiere Gema mientras sonreía ligeramente.

Pasado los cuarenta minutos, a las 14h45, Gema baja del autobús, y a la orilla del carretero la espera su novio con una gran sonrisa, quien la acompaña a partir de ese momento en el recorrido, Gerson López, también trabaja en la parroquia lejana.

Con el sol radiante iluminando fuertemente sus rostros, fruncen el ceño y colocan una mano sobre sus caras haciendo sombra a los ojos. En unos asientos de un almacén de hierro del lugar, aguardan un segundo bus que los llevará hasta el centro de la parroquia Barraganete.

A las 15h10 los recoge el transporte, Gema y Gerson suben al mismo, y se encuentran con unos cuantos amigos y compañeros de trabajo. “A pesar de que el bus tiene capacidad de 45 personas, solo encuentras a unas 15 personas que viajan para la parroquia, entre ellos compañeros de trabajo y unas cuantas personas que han salido al centro del cantón”, asegura Gema.

El autobús gira a la derecha e ingresan por una carretera secundaria, llena de piedras, y rodeada de un público verde y desolado, donde solo se escucha el motor del bus y de algún otro vehículo que se topen en el recorrido.

Durante el trayecto de camino el bus da balances de izquierda a derecha, debido al carretero empedrado y rústico. Gema y Gerson estresados por el movimiento, intentan entablar conversación referente a la planificación de trabajo que tienen durante la semana, y otros temas personales que se efectúa de acuerdo con lo dialogado.

Después de aproximadamente dos horas, llegan al puerto “El Conguillo”, al bajar del transporte y se encuentran con el amplio escenario de agua, manchado con retazos verdes de lechuga de agua, y sobre él una gran plataforma móvil; la gabarra.

El reloj marca las 17h15 y el bus aborda la gabarra, tras él suben los pasajeros preparados y advertidos por la fuerte voz del señor encargado de la misma, que vocifera – ¡Señores pueden subir! -.

“Cuando el señor encargado de la gabarra nos da el aviso, inmediatamente abordamos, y estamos listos para cruzar el inmenso río Daule, con un poco de miedo porque han existido casos de que las gabarras se han hundido antes de salir”, complementa Gema, mientras acentuaba con la cabeza y un gesto de preocupación.

La plataforma empieza a moverse y toma dirección al puerto “El chorrillo”, mientras navegan se van despidiendo de montañas que cada vez se alejan más. “Me gusta mucho asomarme y ver mi reflejo en el agua cristalina, con mi novio nos tomamos fotos, y apreciamos las olas que se hacen en el agua” complementa Gema.

Por 25 minutos entre cielo y agua, entre el estruendo del motor de la gabarra y el suave cantar de las aves, entre la calma campestre y la algarabía de los navegantes, visualizan como en el horizonte el sol va ocultándose, y el día se va apagando lentamente.

“Es algo bonito, que en medio de toda esa agua que nos rodea puedes ver un bonito atardecer, y perderte un poco de las preocupaciones que nos estresan todos los días, desde ese punto es lindo, jajaja”, bromea Gema.

A las 17h40 entre oscuro y claro, van acercándose al puerto El chorrillo, se encuentran con algunas lanchas que por ahí navegan, y algunas personas de la zona disfrutando de un refrescante baño.

Topan con la orilla y ancla la gabarra, cuidadosamente cada tripulante desmonta el transporte, mientras conversan unos con otros, esperan que el autobús baje de la plataforma. Como si estuvieran programados, al parquear el bus, todos suben inmediatamente y toman sus lugares correspondientes.

Nuevamente toman un viaje por carretea, acompañados por el susurro silencio de la tarde noche, asimismo, este trayecto está cubierto de pequeñas piedras, y rodeado de una sombría oscuridad.

Dirigiéndose al centro de la parroquia, solo se observa montarrales, ni un alma desolada se ve andar. “A esa hora ya no me queda nada más que ver por la ventana, está un poco más oscuro”, continua Gema.

Casi llegando al centro de la parroquia, después de 40 minutos, se llega a una calle asfaltada, se escucha el sonido de las últimas aves que aún no han alcanzado su nido, y después de dos minutos, te topas con el pequeño pueblo de Barraganete.

“Deseosos de bajar a tocar tierra, nos arreglamos y alistamos las cosas que llevamos en manos, bajamos del bus y agarramos nuestro equipaje”, puntualiza Gema. Después de ese largo recorrido y horas de viaje, solo esperan llegar a casa.

Aún no ha terminado, faltan siete minutos de caminata hasta el departamento en el que habita Gema y su novio, acompañados de cansancio, estrés y deseo de desvanecer en la cama para descansar hasta el otro día. “Sabemos que falta poco para que estemos dichosamente en casa, y caminamos más rápido y más rápido”.

“Es un trayecto bastante largo para ir a cumplir la jornada laboral de una semana, pero la experiencia vivida, y las realidades que conoces de las personas con las que te relaciones, lo merecen, ejerciendo mi profesión de trabajadora social desde este punto, he aprendido mucho”, finaliza Gema alegremente.

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Carlos Cedeño Moreira

Director LatinoDeportes.Net

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