Qué sucede en el 113

  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Por: Mayerling Hernández -Estudiante

Vestida de rojo, con una llamativa diadema de renos y la personalidad alegre que la caracteriza, llegó Ayesei Carrero al mercado Tarqui.

Al entrar, notó que no había sido la única en tomar la mañana del último domingo del 2019 para laborar, pues, miró el pequeño reloj en su muñeca izquierda que marcaba cinco para las siete horas y muchos locales ya estaban abiertos.

Como cada mañana, se paró frente a un pequeño local <<Bocaditos Manabitas>> y saludo:

—Buenos días, mi amor, me das mi droga de todos los días— pidió sonriendo.

Término, que no le extraño a la blanca y ojerosa mujer que atiende en el local, debido a que como siempre se refería al elixir de las mañanas y le respondió:

—Dame un par de minutos—

Para, en menos de lo que canta un gallo, ponerle una taza de agua caliente junto a unos recipientes de café y azúcar.

Ayesei se preparó un humeante café negro como el azabache mismo que al degustar parecía darle lo que necesitaba.

Después de esos minutos, volvió a mirar su reloj y advirtió:

—Ahora sí, me fui— para que le cobraran el café.

Agradeció por el eficaz servicio, pagó y siguió su camino.

Mientras se dirigía a su gabinete se escuchaban los buenos días de quienes al igual que ella laboran en el mercado.

—¡BUENOS DÍAS BIBI! Gritó, el chico de la quincalla, pues, es por su apodo “Bibi” como la conocen sus más allegados y sus clientes.

—Buenos días mi gente, feliz último fin de semana del año. Animó saludando con la mano.

De saludo en saludo, llegó al local 113, mismo que a simple vista parece un estrecho container amarillo, pero, para ella, es el resultado de un gran sacrificio; su segundo hogar.

Estando ahí, hizo una pequeña oración “primeramente, papito Dios por favor bendíceme con un día próspero” misma que culminó con un “Amen” mientras se persignaba.

Al abrir el local, colgó sus pertenencias en un rincón, y después de eso no había cosa que no acomodara, era como un pulpo, arrastraba sillas, cómodas, sacudía toallas y barría el piso que ya estaba limpio.

En el transcurso de minutos, fueron llegando uno por uno sus tres trabajadores, que al igual que ella estaban vestida de rojos y con sombreros, eran como elfos de Papa Noel, que, en lugar de elaborar regalos, llegaron a embellecer mujeres y hombres de Manta, con el deseo de cambiarse el look para las festividades navideñas.

Por ser uno de los pocos días del año en que trabajan sin descansar, habían acordado, en estar listos para la acción a las 8 horas, debido, a la demanda de su trabajo como estilista para la temporada navideña. Sin embargo, no fue, hasta media hora después que llegó el primer cliente.

Se trataba de una mujer delgada de piel morena a la que sin preguntarle ya sabían que tenían que restaurarle el maltratado y lleno de friz cabello castaño. Ella preguntó:

—“disculpe seño, ¿hacen repolarización?” e inmediatamente fue atendida obteniendo una respuesta:

— ¡sí! Mi amor, “de acuerdo a la longitud de tu cabello” explicaba Ayesei, mientras le sugería otras ofertas.

En eso, la joven, pero desgastada mujer, a la que apodaron “Frida” por sus exuberantes cejas, entró, se sentó y se dejó llevar por las recomendaciones de los expertos, quienes después de llegar a un acuerdo, pusieron manos a la obra.

Johan, al igual que una receta de cocina, le iba preparando el maltratado cabello para la aplicación.

Victoria como en un experimento, comenzó a tomar medidas y a mezclar fuertes químicos de belleza con olor a amoniaco. Para, con unos guantes y con ayuda de una pequeña brocha, empezar a untar la mezcla por todo el cabello.

En ese momento, hace su entrada triunfal, una de las clientes fija de la peluquería, quien llegó saludando con su característico acento venezolano:

—Hola mis muchachones— mientras les daba un fraterno abrazo, mismo que no les extrañó por tratarse de una conocida y al igual que ellos extranjera. A ese gesto todos respondieron:

—Hola, Sora mi vida ¿cómo está la vaina? — muy afectuosamente.

—Llevándola chama, gracias a Dios — dirigiéndose a Ayesei, pues, eran ella y José (su trabajador) los que hasta ese momento estaban desocupados.

Sora se sentó e inmediatamente “Bibi” se acomodó en un banquito frente a su silla y sin haberle dicho nada, debido a que ya había apartado una cita para pedicura, con la ayuda de un algodón y acetona, comenzó a despintar las uñas de los anchos pies.

En tanto “Bibi” cortaba sus cutículas, exfoliaba y pintaba sus uñas. Todos habían escuchado lo suficiente para deducir que los 75 kilos de Sora, habían hecho de ella, una mujer extremadamente insegura, causándole problemas en su vida amorosa, problemas que ella contaba sin apocamiento alguno.

Minutos después, Sora se levantó de la silla con cara de satisfacción por el diseño navideño en sus uñas, pagó los 4 dólares de la pedicura y feliz por los consejos que todos en aquella reunión le había dado, se despidió:

—Chao mis muchachones bellos— y agradeció por todo.

En ese momento, Victoria con ayuda de Johan, pasaron a la lava cabeza a retirarle el tratamiento a “Frida”, que ansiosa esperaba a que le hiciera efecto, después de un relajante lavado de cabeza, Victoria procedió a cortar, cepillar y planchar el finalmente restaurado y nutrido cabello.

“Frida”, no dijo más que un “gracias”, su cara de satisfacción frente al espejo decía todo lo que no salió de su boca y sin dejar de manosearse el cabello, pagó y salió de aquel sofocante local.

En ese momento pensaron en solicitar sus almuerzos, pues ya eran las doce y media. Pero, mientras el sol pasaba por todo el cenit, como por arte de magia llegaron cuatro clientes.

Todos se activaron como robots, Victoria empezó hacer un tinturado, Johan un cepillado, José se dedicó a su fuerte, la barbería y “Bibi” unas manicuras.

Cada quien hacía lo que tenía que hacer por individual, y hasta ese momento trabajaron en equipo, como si se tratase de una competencia, pero sana, una en la que todos ganan.

“Bibi” sacó las sillas, una cómoda repleta de pinturas e instrumentos para la manicura y un banquito en el que se sentó a realizar las uñas acrílicas de la mujer con el busto y las nalgas de silicón que habían apodado “la mujer plástica”, cuando la vieron llegar al local.

Victoria poniendo en práctica sus habilidades, empezó a mezclar un tinte y agua oxigenada, para iniciar a realizarle el tinturado a la alegre señora “relajosa” que, al entrar, le exigió:

—Déjeme más bella de lo que soy— mientras le regalaba una contagiosa carcajada, de la que todos podían disfrutar.

A su derecha estaba Johan lavándole la cabeza a “Pocahontas”, una joven y hermosa chica que quería nutrir y alisar su prolongada y castaña cabellera gracias a una recomendación que le habían dado de la peluquería.

José también estaba en lo suyo, dedicado al cien por ciento, en el corte y diseño de barba de su cliente.

Todos estaban en lo que son buenos, cada uno, en un área distinta, pero con el mismo objetivo, dejar satisfecho al cliente. No era un simple gabinete, aquello era una fábrica de belleza, que no paraba de producir cambios de look.

Después de media hora ocupados y de numerosos “espere su turno” una larga fila de clientes se formó en los alrededores del local de “Bibi”. Misma que sin darse cuenta, acabó con su paz, pues la cantidad de personas alborotó la atmósfera, lo que llamó la atención de un oficial de policía que llegó a preguntar:

—¿Qué pasa aquí, por qué este cúmulo de personas en el pasillo? con un tono de superioridad que no le agradó a “Bibi”, ella refutó:

—“Aquí no pasa nada agente, todas estas personas son mis clientes y por el poco espacio que tengo, es aquí en el pasillo donde pueden esperar ¿o no?” le preguntó sin temor alguno.

Él, desconcertado por su actitud desafiante y al notar su peculiar acento, le preguntó:

—¿Eres venezolana verdad? mientras soltaba una risa burlona.

Gesto que hizo molestar a una de las clientas, que reaccionó indignada:

—“¿Qué tiene que ver si es venezolana o ecuatoriana, acaso no puede trabajar tranquilamente aquí?, ninguno de los que estamos aquí estamos haciendo nada malo, a menos que esperar sea malo”. preguntó molesta

Al notar que la gente estaba en defensa de “Bibi”, opto por retirarse, pero no, sin antes enseñar los dientes:

—Estaré pasando por aquí más tarde a ver cómo va todo— advirtió mientras le daba la espalda.

Agradecida por aquel gesto de apoyo, “Bibi” rompió en llanto, pues, sin una sola nube gris en el cielo, el día se había nublado para ella. Aun con el corazón chiquito por la xenofobia que había vivido en ese momento y con una taza de café en el estómago, no tenía ninguna intención de cerrar la fábrica.

Después de todo, Dios le demostró, haber escuchado su oración, aunque vivió esos intensos minutos de choque de palabras con el policía, aún tenía una larga fila de clientes esperando ser atendidos.

Para entonces, sus “bebés” como ella les dice, habían culminado con sus clientes e iban por los siguientes.

Por otro lado, ella también estaba por a empezar con otra cliente, cuando una mano sobre su hombro la sorprendió. Se trataba de su adolescente hija Yeneski que había llegado a salvarla de aquella avalancha de pies que estaban por arrollarla.

Con su habilidad para la pedicura y gracias a lo que aprendió de su madre, agarró uno por uno de aquellos callosos, maltratados y resecos pies y con facilidad, como si de pelar mandarinas se tratara, los lavó, limpió y pintó rápidamente.

En menos de una hora, Yeneski ya había terminado con sus clientes y sin quedarse de brazos cruzados, socorrió a Johan con el lavado y planchado de las largas cabelleras de Rapunzel que aún esperaban.

Ahí, entre espejos y con leves quemaduras en sus dedos, a causa de la humeante plancha, ella sentía felicidad, como que, de alguna forma, le estaba devolviendo a su madre, un poquito de todo el sacrificio que a diario hace por ella y su pequeño hermano.

Para “Bibi”, ver aquel equipo de trabajo era asombroso, los cincos trabajaban en paralelo, no había un solo cuerpo que no estuviera en movimiento en aquella peluquería, excepto el de ella que había trabajado todo el día sentada sobre el incómodo y agotador banquito, del que esperó con ansias levantarse.

Se paró, y mientras estiraba sus agotadas piernas, vio la hora en su reloj y sin apegarse al descanso, ayudó a Victoria con un último planchado, para finalmente concluir con ese largo pero recompensado día de trabajo.

Habían terminado también con “el grinch”, un señor de barba larga, al que, al igual que a todos los que entran al local, apodaron por su gruñona personalidad, que tanto le había robado tiempo a José.

Johan con ayuda de “la mujer maravilla” como la apodaron aquella noche, había finiquitado con sus aparentemente interminables cabelleras.

En lo que vieron, que la soledad se apoderaba del mercado y el callejón convertirse en una boca de lobo, decidieron acelerar el paso y empezaron a recoger el pelero que había en el piso, uno barría, otro lavaba los utensilios y así cada uno, hasta dejar todo en orden.

Todos menos “Bibi”, que por un instante se apartó de ellos y en compañía de la soledad, le agradeció al creador:

—Gracias señor por este próspero día de trabajo, todo te lo debo a ti— reconoció persignándose.

Finalmente, a un cuarto para las veintiún horas, después de apodos, abrazos, lagrimas, estómagos vacíos, agradecimientos y risas ocasionadas por las diversas historias del día, el local 113 cerró sus puertas. Y cada uno de los que integran ese equipo, marcó su retiro.

 

Gracias por tus comentarios

Carlos Cedeño Moreira

Director LatinoDeportes.Net

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *