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TEJIENDO SUEÑOS

Por: Yeira Michel Meza Álava

Como si fuera una pintura en un lienzo, el sombrero de paja toquilla, nos demuestra el arte de las manos hábiles y delicadas de nuestros artesanos.

Una habilidad única que se construye con dedicación, amor, donde se teje manualmente para conquistar a los turistas nacionales e internacionales.

Hablar de la toquilla es hablar de Manabí, provincia única por su riqueza extraordinaria, donde se percibe emprendedores de lujo, que tratan de conquistar y cautivar al público tejiendo historia.

En Montecristi el sombrero es muy reconocido y buscado por su textura, que asemeja a una tela fina como la seda, este tipo de trabajo se lo puede obtener en dos días, hasta tres, cuatro o siete meses, eso depende de la calidad del mismo, y es conocido artesanalmente como “Panamá Hat”.

Producción.

Johnny Chávez

Johnny Chávez y Virginia Muñoz, artesanos que laboran esta prenda emblemática de los Ecuatoriano,  puntualizan con una mezcla de sentimientos emotivos, que la producción del sombrero comienza  con el cultivo de la “carludovica palmata” en zonas rurales, esta planta bota un cogolló, que contiene espinas, son retiradas suavemente con una navaja, se acelera el proceso cocinándola para obtener el color natural, se sahúma un poco con azufre, se procede a realizar el secado, la selección de la paja para la elaboración del mismo y las técnicas desde el armado, golpeado y remache, estos son algunos de los procesos que se deben seguir.

Dedos hábiles y mucha paciencia son algunos de los ingredientes principales para esta hermosa labor, los tejedores aprovechan la mañana, antes que el calor apriete y la paja se ponga rústica e impida la fabricación de manera ágil.

Los artesanos retuercen la toquilla entre sus dedos, con uñas largas, sin perder la delicadez y el ritmo en el trabajo para lograr proyectar un producto de calidad.

Las técnicas de tejido, se dan en algunas familias que transmiten estos conocimientos a los niños a través de la imitación y la observación, este paso se hace desde una edad temprana, para que le tomen gusto a este hermoso trabajo, es elaborado con manos delicadas y únicas que solo los manabitas la poseen.  

Para las comunidades que mantienen viva la tradición artesanal, es un distintivo de su identidad como ser humano y como artesano, se representan a través del patrimonio cultural, como lo es el sombrero de paja toquilla.  

María Sardaña, una persona de edad avanzada, que empezó en este mundo del arte a los 10 años, actualmente tiene 90, afirma que antes el valor de un sombrero era de 5 a 6 riales, ellos no cultivaban la toquilla, la compraban, recuerda con mucha alegría y entusiasmo sus inicios como tejedora.

Su mayor ilusión y anhelo es poder seguir en este camino, pero sus problemas de salud se lo impiden, a la semana realizaba alrededor de 5 sombreros, que servía como ayuda económica en su hogar.

Toda la familia, desde su madre hasta sus hermanas, realizaban esta labor, hoy en día solo se encuentra ella, manteniendo siempre vivos los conocimientos sobre esta artesanía.

Para teñir los sombreros se utiliza un polvo mágico conocido como anilina, que permite darle la autenticidad y elegancia a cada uno, creando colores llamativos.

Con un sol resplandeciente y una sonrisa que ilumina su rostro, Paula Loor, describe con énfasis y emoción, que cada una de sus obras exclusivas, contienen alrededor de mil hebras de oro.

Precios.

Ing. Wellington Mero

Bajo la neblina del cantón Montecristi, Wellington Mero ingeniero en turismo del Centro Cívico Ciudad Alfaro, asevera ´´que los precios varían de acuerdo al tejido pueden estar desde 20 dólares, e incluso hay sombreros colombianos, los cuales son comprados a 5 dólares y los artesanos que se dedican exclusivamente a la venta lo hacen en 15 dólares´´, con una aflicción en su mirada se puede visualizar su tristeza ante esto, porque al ser un trabajo sacrificado debe ser bien pagado.

Antes de la pandemia elaboraba sus sombreros y los entregaba en Montecristi a 12 dólares, en la actualidad entrega en el cantón Santa Ana, donde se los reciben por un valor mínimo de 7 dólares, afirma Paula Loor, con tristeza profunda en su voz.

Cuando mejor es el acabado, se puede vender a valores más altos y pueden llegar a costar hasta mil a mil quinientos dólares, depende del modelo y calidad, “en Pile, Simón Espinales, trabaja exclusivamente para extranjeros, sus pagos son mensuales, al año tiene que entregar un sombrero súper extra fino, que es vendido a celebridades como: Harrison Ford, Sylvester Stallone”, puntualizó Wellington Mero con seguridad y firmeza al momento de hablar.

Este tipo de trabajo debe ser valorado en todos los sentidos, el esfuerzo y empeño que los artesanos le ponen a cada uno de los sombreros es único, se puede ver reflejado en la labor que realizan a diario.  

Intermediarios.

El sombrero viene de Pile diseñado, pero en algunas ocasiones les falta darle el acabado final y las personas que lo compran en Montecristi, le hacen la forma, lo lavan, planchan, para que salga a la venta.

El tejedor entrega a los intermediarios los sombreros sin terminar, están llenos de pajas y sin rematar, y es ahí donde actúan ellos, le quitan el excedente, y empieza la verdadera creación, los pintan, les colocan cinta de color negro a su alrededor, realizan diseños exclusivos que son encargados por los turistas nacionales y extranjeros.   

Tradición.

“Me siento emocionado al culminar una obra, sobre todo cuando el cliente compra su producto y queda feliz por obtenerlo”, asevera Wellington Mero con expresiones en sus manos y una mirada hacia el infinito.

A pesar que las ventas han decaído en gran medida la tradición familiar y el amor puede más que el dinero, es lo que mantiene de pie a la mayoría de tejedores, guardándole lealtad a sus orígenes ancestrales.

Juan Acosta

“El éxito del ser humano es el trabajo, el que trabaja se construye y el que no se destruye”, afirmó Juan Acosta en una mañana nublada, con voz firme e indudable.

Los artesanos han puesto mucho hincapié en esta labor, son conocimientos inculcados por los ancestros, que han ido adaptando y dando nuevas formas en la elaboración, pero nunca pierde la esencia primordial, que es su proyección de forma manual.

Esta actividad requiere de conocimientos en el manejo de la toquilla, en la habilidad de las manos para poder aplicar con precisión cada técnica enseñada, los tejedores se esmeran en la elaboración de los mismos, tienen una sensibilidad extraordinaria para manejar cada hebra de la toquilla, como si fuera una hebra de cabello, por su textura y delicadez.

La toquilla no solo es utilizada para hacer sombreros, se puede realizar un sinnúmero de creaciones como: llaveros, carteras, canastas, muñecas, entre otras actividades, pero, todas se ejecutan con el mismo cariño y devoción. 

Muchos se han direccionado a este emprendimiento a través de sus esposos o esposas, es el caso de Virginia Muñoz, una mujer manabita, con ganas de seguir adelante, gracias a su cónyuge es lo que hoy en día genera ingresos en su familia. 

Virginia Muñoz

Al ser patrimonio cultural es algo que siempre, se va a tener presente en los corazones de los manabitas, y es mejor aún, cuando se puede percibir la emoción que sienten los consumidores, al poder palpar con sus delicadas manos, la habilidad en una sola obra de arte.

Este grupo de artistas buscan ser reconocidos, por esta artesanía que sin duda alguna es una destreza única, no todos nacen con el don de poder crear e innovar, estas hermosas piezas, pero es algo que con el tiempo y dedicación se puede aprender.

Así es como, este laborioso trabajo queda listo para ocupar el corazón de cada uno de los ecuatorianos o extranjeros que lo puedan visualizar en las vitrinas, y de esta forma puede seducir al público que lo desea adquirir.

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