Un nocturno arcoiris

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Por: Kevin Andrei Bastidas Mera-Estudiante

Un día después de la época más esperada por las personas, para ser exacto el 26 de diciembre justo cuando las manecillas del reloj señalaba las seis y cincuenta de la tarde, casi a punto de que el día perdiera su claridad y la oscuridad de la noche se apoderada de todo, Alex Mera un muchacho alto y apuesto de cabellos frondosos y abultados, vestía un buso concho de vino con una capucha en la parte trasera de su cuello y jean muy ajustados, se dirigía al malecón escénico de Manta para apreciar y deleitarse de las luces de colores que parecían chispas de candelas.

Empezó su recorrido desde el malecón hasta el Parque de las Madres. Sus ojos chinos eran atraídos por cada uno de los colores que prendían y apagaban tan rápido como los latidos del corazón. Después de quince minutos de recorrido, cuando el reloj ya marcaba las siete y cinco de la noche y las personas ya parecían hormigas cuando encuentran un dulce, se decide a sentarse en una banca color verde ya un poco deteriorada, pero que aún resistía con 3 elefantes y un mamut encima de ella.

Luego de estar sentado varios minutos Alex se levanta y observa a lo lejos a una señora de avanzada edad vendiendo flores de todos los colores en una carreta de madera que parecía el trineo de Santa Claus con el arcoíris más brillante encima de él. Se dirige hacia donde ella estaba, cuando llega, hecha una ojeada minuciosa sin que se dé cuenta.  La cara de la señora denota cansancio y muchas arrugas. Está vestida con una falda muy ancha que la cubre hasta sus talones, una chompa de muchos colores, con una lana muy gruesa y un sombrero que casi no deja ver sus cabellos por lo grande que es, por el atuendo que traía la señora al parecer es de la sierra.

Con una voz muy baja la señora musita:

– Dígame joven ¿en qué le puedo ayudar?

Alex se queda pensando y analizando el panorama mientras peinaba con su mano su abultado cabello, se percata que el acento de señora no es costeño. Después de pasar varios segundos, responde:

– ¿Qué precio tienen los ramilletes de rosas?

– El ramillete diez y cada una un dólar

Alex un poco convencido por el precio y dispuesto a comprar un ramo de flores para su madre, pregunta un poco entorpecido:

¿De dónde son traídas las rosas?

Con una sonrisa en su rostro, y un poco entusiasmada la señora responde:

– Son traídas de Ambato jovencito.

– En serio ¡genial deme un ramillete de flores rojas, las más frescas y hermosas que tenga por favor.

La señora empieza a humectar las flores con el líquido vital (agua) y separarlas en una funda plástica transparente que reflejaba en el rostro de Alex. Luego de varios minutos cuando las flores ya están organizadas, la señora las entrega y dice:

– Muchas gracias por su compra y pase una bonita noche.

Alex sonríe y responde:

– A usted, muchas gracias.

Alex empieza nuevamente su recorrido y al llegar al Parque de las Madres se detiene para admirar la belleza que ese lugar ofrece. Muchas luces de colores resplandecen su rostro, verdes, rojas, azules, amarillas, rosadas, y al mirarlas sus ojos parecen que tuvieran lentes de contacto que cambian de colores a cada segundo. Da tres pasos más y decide a sentarse en el césped, que para las personas que estaban ahí ese era el mejor asiento, era como estar sobre una nube repleta del algodón más suave que exista.

Eran las 19:40 y se escucha un “rin, rin, rin, rin”, las personas que se encontraban ahí miran al apuesto muchacho, pero él no se percata porque se encontraba admirando las luces y parecía que estuviera en el limbo. Luego de varios segundos regresa del trance en el que se encontraba, y contesta la llamada.

– Dígame mamá.

– ¿Hijo, a qué hora llegarás a casa?

– Mamá, antes de las doce de la noche estaré allí.

– ¿Te dejo comida mi amor?

– No mami yo como por acá.

-Adiós hijo, cuídate.

Sin darle tiempo a Alex que se despidiera, su mamá cerró la llamada y lo dejó con la palabra en la boca. Él se decide a guardar su teléfono y seguir admirando la belleza que tenía frete a sus ojos. Se hacen las ocho y cincuenta y el estómago de Alex empieza a rugir como un león hambriento queriendo devorar su presa. Se levanta de donde se encontraba sentado y empieza a buscar un lugar para degustar algo sabroso y rápido, mira hacia la izquierda y la derecha, cuando un olor que hacía rugir su estómago con mayor fuerza llega hasta su olfato.

Con mucha prisa se dirige hasta ese lugar, al llegar observa la locación y se da cuenta que la pintura del sitio está un poco deteriorada, su cubierta está a punto de venirse abajo, pero el olor que se percibía lo valía todo, se sentía como Sam Pedro a punto de abrir las puertas del cielo. Se acerca hasta la persona que atendía el local, era un señor alto, robusto y utilizaba un delantal y un gorrito de chef, su frente mostraba con muchas gotas de sudor por la calentura de la cocina. Mientras le daba la vuelta a las carnes molidas, Alex pregunta:

-Buenas, me podría dar una hamburguesa y un batido de guineo por favor

El dueño del lugar lo miró fijamente, su mirada casi le taladraba la cara de Alex y con una voz muy ruda le contestó:

– Me esperas unos minutos, ya casi está listo tu pedido.

Alex entre risas nerviosas dijo:

– ¡Está bien, yo lo espero ¡

Después de algunos minutos Alex saca su celular para revisar la hora, la que marcaba las nueve y dos minutos. Hambriento y con las tripas que no le dejaban se rugir, parecía que tenían una pelea dentro de su barriga, que el intestino grueso se quería comer al delgado y viceversa, llega el dueño del lugar hasta la mesa donde se encontraba y le trae su pedido, una enorme hamburguesa con doble carne, lechuga, unas crujientes papas alrededor, acompañada de un batido con muchos cubitos de hielos y una galleta en el filo del vaso.

Cuando el mesero coloca el plato sobre la mesa los ojos de Alex brillaron como dos luceros en la oscuridad. El joven se pone en posición para dar su primer bocado a la hamburguesa, al morderla sus papilas gustativas hicieron una súper fiesta en su boca, y sus tripas calmaron la lucha que habían formado en su barriga. Así en un santiamén y de pocos bocados devoró el delicioso manjar. Mientras se tomaba el batido de guineo su cerebro empezó a congelarse mucho más que la Antártida por lo helado que estaba. Luego de haber terminado de comer se acerca al señor y pregunta:

– ¿Disculpe cuánto le debo?

El señor lo mira nuevamente fijamente y responde:

-Son tres con cincuenta mi estimado amigo.

Alex saca su billetera y paga la cuenta, y antes de irse del lugar le dice:

– Muchas gracias, estaba muy rico.

Antes de retirarse del local de comida saca su teléfono para revisar la hora, ya son las diez y doce minutos, aún le queda mucho tiempo antes de llegar a su casa. Alex empieza a caminar hacía las letras de la ciudad para realizarse una selfie con las luces casi en su espalda. Esa foto se convirtió en dos, luego en tres y terminó realizándose una sesión completa, acomodaba su cabello y hacía gestos exuberantes creyéndose un ken en ese momento.

Mientras Alex se tomaba las fotos un fuerte roce en la espalda lo hizo brincar tanto que casi toca el cielo. Con el corazón palpitándole a mil por hora se da la media vuelva para ver quien lo había hecho asustar y se lleva la grata sorpresa de era una vieja amiga que tiene por nombre Steffany, una chica alta, muy guapa, de cabello largo y lacio, que llevaba un vestido que la hacía ver como una miss universo. Después que le pasó el susto a Alex entablo una conversación con ella.

-Hola Steffany, me hiciste pegar un buen susto.

– ¿Cómo te va Alex? Logré lo que quería.

–  Muy bien ¿y tú cómo estás?

– Bien, por aquí dando una vuelta por el malecón ¿andas solo?

– Sí, ando solo.

– ¿Qué tal si vamos a la playa a caminar un rato?

– Me parece bien, vamos.

Alex y Steffany se dirigen a la playa que les queda a pocos minutos de donde se encuentran. Caminan y mientras lo hacen, observan los diferentes panoramas que en ese momento la ciudad brinda. Sin darse cuenta llegan a la playa más rápidos que flash. Ambos se quitan los zapatos para poder sentir la fina y fresca arena. Caminan hasta llegar muy cerca de las olas y luego se deciden sentar. La paz reina en ese momento, solo se escucha el mar y se observa como este arropa la arena como una madre cubre con una cobija a su hijo. Después de estar varios segundos apreciando el océano, Alex pregunta:

– ¿Cómo vas con tu enamorado?

Un poco risueña y mientras acomoda su cabello responde Steffany:

– Terminamos ya hace dos meses, teníamos muchos problemas

Alex sorprendido y un poco tartamudo responde:

– ¿en serio?, pensé que no terminarían nunca, mientras reía sin parar.

El silencio se apodera nuevamente, y solo se escuchan las respiraciones de ambos que parecen tornados. Eran las once cuando un teléfono suena y da apertura a una canción muy popular “flores azules y quilates, la Rosalía”, Stefaany sonríe y ve su celular, era su padre que le había enviado un mensaje diciendo “te espero afuera de la playa, ya ven, iremos a casa”. Stefany mira a Alex y le dice:

-Adiós tengo que irme, mi padre me está esperando fuera de la playa.

Alex le da un beso en la mejilla y le responde:

– Chao cuídate, nos vemos después.

Alex la acompaña hasta la entrada principal de la playa donde la espera su padre en su auto. Un auto un poco viejo, que para ella era una linda carrosa que estaba a la espera por ella, se despide y se va. Alex revisa su teléfono y la hora y marcan las once y veinte, que rápido pasaron esos minutos que él no se dio cuenta. Al parecer ya es muy tarde piensa unos minutos en regresar o no a casa todavía, luego de pensarlo decide dar la última vuelta por ahí y después ir a casa.

Con las rosas que había comprado hace algunas horas atrás decide a caminar nuevamente hasta el malecón. Llegando hasta ese lugar observa a una pareja de ancianos abrazándose como dos jóvenes enamorados compartiendo su amor a libre albedrío. Alex ríe por el acto que acabo de presenciar, sigue caminado y pasa justo a lado de ellos. El señor de edad mayor lo mira y le dice:

– Joven, ¿cuánto por el ramo de flores?

– Alex ríe y le responde:

-no, no las estoy vendiendo es un obsequio para mi madre.

El señor con fuertes carcajadas ríe y acota:

-Disculpa pensé que las estabas vendiendo, cae una sonrisa en el rosto.

Alex se acerca y del ramillete de flores que era para su madre saca dos y se las regala a la señora, quien feliz le dice:

-Muchas gracias jovencito.

Alex la mira y le responde:

– De nada mi bella dama.

Alex al ver que su reloj marcaban las 23:45 como la cenicienta decide regresar a su casa antes de que sean las 00:00 y acabe su hechizo del arcoiris nocturno que hasta ese momento era el permiso de su madre. Se dirige a parar un taxi para que lo lleve hasta el lugar donde vive, luego de esperar varios minutos un carro blanco nuevo, con llantas relucientes, se estaciona frente a él, es un taxi pirata, un poco temeroso Alex se acerca y se sube para dirigirse hasta su hogar y llegar a la hora que su madre le dijo que estuviera en casa.

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Carlos Cedeño Moreira

Director LatinoDeportes.Net

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