Una avalancha de opiniones

  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Por: Gema Bravo.

El covid-19 sigue avanzando como un tsunami que arrasa todo a su paso. Aún en el 2021 sus fuertes olas afectan el sector económico, turístico e incluso educativo del Ecuador. Este último escenario ha sido uno de los más azotados y lo seguirá siendo hasta que llegue una solución viable para todos los estudiantes de las diferentes clases sociales.

Son las 17H00 de la tarde del jueves 7 de enero, todavía el sol sigue brillando con mucha fuerza en el cielo y la bulla de los carros entran hasta las casas de las familias que viven en Portoviejo. Alicia Intriago tiene dos hijos, de 6 y 13 años. Ella no trabaja, pero dispone del apoyo económico de su esposo que vende dulces.  A pesar que tiene un solo celular y que se le hace difícil pagar mes a mes el plan de internet, alega no estar de acuerdo que sus pequeños se arriesguen a ir nuevamente a las escuelas porque se pueden contagiar.

Así, como ella varias voces se elevan en el aire para mostrar su postura sobre el plan piloto anunciado por las autoridades en base al retorno de los estudiantes a clases presenciales en medio de la pandemia.

Aunque hasta ahora es de manera voluntaria y solo en la región Sierra, hay muchos padres costeños que se tornan nerviosos por la situación, unos muestran sus ojitos arrugados de la preocupación, otros están desesperados, incluso algunos con un tono elevado proclaman que esta medida no es completamente confiable porque los niños no saben cuidarse. A pesar de todo son pocos los que desean que sus hijos vuelvan a las aulas.

La velocidad de propagación de este virus y su potente fuerza ha obligado a varios padres de escasos recursos económicos a remar ese bote entre la tempestad para sacar a sus hijos adelante y poder darles una educación digna en medio de esta enfermedad. Esas turbulentas aguas están llenas de varias dificultades, como la falta de dinero para comprarles un celular a sus pequeños y de esa forma puedan recibir sus clases virtuales.

Ya son las 17H30 de la tarde y Maribel Moreira ya está preparando la cena para alimentar a su hijo de 7 años. A altas horas del día coge los cuadernos para ayudarle hacer los deberes de matemáticas. En esta ocasión necesita investigar una información en la web, pero a falta de internet, le toca pedir a su vecina que le regale conexión por unos cuantos minutos.

Esta mujer de contextura gruesa y cabellera negra es ama de casa y madre soltera.  Para cubrir los gastos del hogar su ex pareja debe pasarle una pensión alimenticia de apenas 200 dólares mensuales. Con voz cortada sostiene que ese dinero no le alcanza para cubrir todos sus gastos, pero aun así le agradece porque se esfuerza trabajando día y noche para ponerle el pan en la mesa a su hijo.

Las manecillas del reloj siguen su curso y el sol aún continúa en el horizonte. Maribel termina de hacer los deberes con su chiquitín y al fin tiene un momento para reposar. “Si tengo que elegir entre mandar a mi hijo a las aulas de clases o que pierda el año, prefiero que pierda el año, porque al menos sé que estará sano y salvo”, fueron las convincentes palabras de esta mamita que se preocupa por la situación de su cría.

La modalidad de una educación online se ha adoptado muchos en países del mundo, y como es de esperarse Ecuador no se quedó atrás. Desde un inicio en marzo de 2020 esta estrategia presentó varios inconvenientes, desde la ausencia de aparatos tecnológicos en muchos hogares hasta la carencia de internet.

En este proceso por hacer que sus hijos aprendan desde casa, un sinnúmero de papitos se sacrificó para conseguir las herramientas de estudios, unos nadaron, otros remaron e incluso algunos se ahogaron cuando apareció una bestia llamada depresión que al observar que no podían darle lo necesario a sus infantes se dejaron arrastrar hasta la profundidad del océano para acabar con esas preocupaciones.

A 18H00, la oscuridad de la noche se niega hacer presencia. Lucrecia Zambrano recién acaba de llegar a su domicilio. A sus 70 años vende helados en el Terminal Terrestre de Portoviejo, y con ese oficio mantiene a su nieta de 11 años que atraviesa el 7mo curso de educación básica.

Con su cabellera blanca y su mirada decaída por la edad, expone que ella nunca estudió en su infancia, por eso no posee conocimientos científicos para ayudar a su nieta con la realización de los deberes.

La situación económica la ha llevado a levantarse desde tempranas horas de la mañana para salir a ganarse unos cuantos centavos. Dinero que le sirve para traerle la comida a su nena que vive con ella porque sus padres fallecieron en un accidente de tránsito hace siete años atrás.

Todos esos esfuerzos no quieren que se los lleve el viento por una irresponsabilidad, como lo cataloga esta adulta mayor sobre el retorno de las clases presenciales, “los niños no saben cuidarse como nosotros los adultos”.

El Comité de Operaciones de Emergencia (COE) Nacional desde octubre del año pasado optó por una nueva modalidad para tranquilizar esa violenta oleada originada a falta de acceso a las diferentes plataformas online. Tiene como nombre el Plan Piloto de reinicio de clases de manera presencial, generando esto opiniones divididas desde su inicio en los representantes de familia.

La estrategia empezó con los estudiantes del colegio SEK, en Quito. De ahí se sumaron 6 instituciones más. En la actualidad este plan está suspendido, pero se tiene planeado que se retome el próximo 18 de enero.

A 18H30, la noche ya comienza a tomar su forma, las calles están congestionándose de automóviles y el sol al fin se va a dormir, pero antes de hacerlo apunta su último rayo hacia la casa de Melissa Meza, una docente que a raíz del surgimiento del Covid-19 le toca enviar las tareas a través de WhatsApp para que sus estudiantes de tercer año de básica realicen.

En esta oportunidad ella está sentada frente a la computadora elaborando las planificaciones de la semana. Mientras va escribiendo en el teclado explica que según su experiencia hay una avalancha de opiniones divididas en los padres de familia con respecto al retorno presencial de clases.

Luego de unos minutos se levanta de su puesto de trabajo, va por un vaso con agua y toma un respiro de sus obligaciones. Ahí aprovecha la ocasión para indicar que es docente de la Escuela Francisco Pacheco, y que hace poco se ejecutó la encuesta de Plan Institucional de Continuidad Educativa (PICE), cuya finalidad era saber si los padres deseaban que sus representados retomen las clases en las escuelas.

Los resultados fueron sorprendentes. Melissa con una mirada fija revela que alrededor del 90% de los padres dijeron no al regreso presencial, debido a muchas razones, “no quieren, porque sus hijos son tan pequeños y no entienden correctamente las normas de bioseguridad”.

En cambio, el otro 10% sí estuvo de acuerdo, “creo que es porque no cuentan con un medio para recibir las clases de forma virtual, además porque trabajan y no tienen el tiempo para apoyar a sus hijos en la realización de los deberes”.

La noche transcurre y las personas de a poco se van retirando de las calles llegando el día a su fin.

El viernes 8 de enero amanece con unos intensos rayos de sol que nos regala un poco de su luminosidad, las personas se preparan para un día más de trabajo y los niños para conectarse a sus clases virtuales.

En las profundidades de Calderón encontramos a Diana Quiñonez, una mujer de la zona rural, tiene 6 hijos y vive en una casa de caña que está a punto de caerse. Esta mujer, trabaja cosechando frutas, pero más curioso es la forma que tiene ella y su familia para comunicarse con el mundo exterior.

Poseen un antiguo celular ubicado en una caña a la entrada de su vivienda, ese es el único método para que llegue cobertura móvil al sitio. Los docentes ahí la llaman y le explican los deberes.

A paso lento caminaba por toda su casa, para mostrarnos su realidad, y con tristeza denota que su sueño es que sus pequeños se gradúen con todos los honores, pero no tiene los recursos para darles una vida digna. “Mis hijos no cuentan con celulares para estudiar”. Por esto y más, ella anhela que sus infantes regresen a clases presenciales para que puedan aprender adecuadamente.

Por lo anterior quedó claro que hay una avalancha de opiniones divididas con respecto a este tema, pero de lo que sí están de acuerdo los padres de familia es que desean que el reloj marque la hora final del Covid-19 para que esas olas destructoras que tanto han hecho daño se calmen y regresen al mar.

 

 

Gracias por tus comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: